Pero aún así, no podía dejar de mirarlay de ver cómo ella se deshacía en ilusiones. No regresaba, ni volvía para darle el beso de despedida pero siempre volvía a ocupar la cabeza de la chica, como el turrón en Navidad. Ella no tenía ni quería tener fuerza de voluntad para renunciar a su recuerdo porque si le expulsaba de sus pensamientos, ya no sabría cómo continuar su vida.
Ahora eran como extraños que algún día se conocieron pero que no volverán a encontrarse. Había ganado la batalla a una pobre idiota.
Una idiota que, obviamente, era yo.